Elección
Monday, October 8th, 2007Levantó la cabeza prestando atención mientras sus ojos miraban sin observar las crudas paredes de madera. Bajó la vista y esperó. Sus manos, marcadas por una vida de duro trabajo, sostenían un viejo cuchillo con empuñadura de cuero mientras se tensaban en vivo temor. Sin quererlo marcó la mesa de madera irregular. Esperó. Sus pies, cubiertos por un viejo calzado de crudo cuero, se tensaban en agotadora impaciencia. Sentía su corazón latir violentamente mientras pesadas gotas de sudor corrían por los costados de su cara. Un sentimiento de temor cruzaba todo su cuerpo mientras su respiración se aceleraba. Se mantuvo en silencio, expectante, con la mirada perdida intentando reconocer ese pequeño ruido casi imperceptible que se distinguía del ruido mundano.
En silencio, esperó…
En su cabeza se cruzaban imágenes que llenaron sus pesadillas durante años, con palabras de su padre y de su abuelo que le vaticinaban el futuro que se acercaba. Casi toda su vida esperó aquel día que, según notaba, se acercaba sin más.
Percibió en el ambiente un segundo ruido, esta vez más claro. Sus ojos se abrieron con una mezcla de alerta y terror. ¿Había llegado el día? Se levanto raudamente y corrió la vieja cortina para mirar por la ventana. El sol casi había desaparecido pero todavía alumbraba tenuemente el horizonte en el oeste. Volvió su cabeza y miró hacia el este y notó que la línea que dividía la tierra del cielo azul oscuro estaba encendida por un amarillo rojizo que flameaba: fuego. Había llegado el día.
Dejó la ventana y fue hasta el armario que tenía cerca suyo. Abrió la desvencijada puerta y corrió sin cuidado todos los trastos que allí se acumulaban. Del fondo del pequeño cuarto tomo un objeto cubierto con una vieja manta. Tiró ésta al piso para descubir una reluciente espada que aguardaba con sed de sangre ese culminante día.
Afuera, el ruido se hacía más y más fuerte. Eran cascos de caballos que golpeaban la tierra con más fuerza que ningún otro caballo en este mundo. Los gritos empezaron a multiplicarse. Volvió a mirar por la ventana y se encontró con un paisaje desolador: los árboles ardían en una única hogera mientras empezaban a consumir los techos de paja de las casas linderas al bosque; la gente del pueblo corría de un lado al otro intentando salvar su vida; las madres, desesperadas, corrían con sus hijos en brazos mientras intentaban no tropezarse con las largas faldas que vestían.
Continuó mirando por la ventana mientras se preguntaba cómo actuar. De un momento a otro estarían aquí por él y no iba a entregarse fácilmente. Escuchó una vez más el sonido de los cascos que cabalgaban sin cesar mezcaldos con gritos desgarradores que llenaban el ambiente. Había llegado el día. Los cuatro jinetes sembraban su mandato.
Se mantuvo firme, con la espada en la mano esperando que aparecieran. Él les iba a dar pelea; no se lo iban a llevar tan fácilmente. Estaba parado a metros de la puerta de entrada, tenso, agitado, con la adrenalina que recorría su cuerpo. De reojo miraba por la ventana y veía gente que corría, cadáveres mutilados que se agolpaban aquí y allá, sangre que se mezcalaba con la tierra mientras, lentamente, comenzaba a coagularse.
El primer ruido lo sorprendió. Un estruendo seco derribó la puerta de entrada. Ésta cayó pesadamente sobre los tablones de madera del piso mientras un caballo blanco, impoluto, ingresaba a la casa. Sobre él, un jinete vestido con túnicas blancas, blandía una espada, mientras su corcel daba corcovos.
Time has taken its toll on you
The lines that crack your face
El animal detuvo su movimiento mientras el jinete, oculto bajo su capucha blanca, miraba al pobre muchacho de pie. Fueron unos segundos en donde ambos estuvieron frente a frente. El jinete encontraba, por primera vez, a alguien que le hiciera frente.
Los segundos parecieron horas.
El jinete levantó la espada y atacó. El joven repelió el primer ataque con una rodilla en el piso mientras el jinete volvía a atacar una y otra vez. Las mesas y sillas de la casa se rompían ante el paso del caballo o el filo de las espadas. La lucha era feroz. El jinete avanzaba sobre el joven blandiendo la filosa arma. El sonido de los metales golpeando entre sí ensordecía y aterraba. El joven retrocedió una vez más hasta que tropezó violentamente contra una silla para quedar en un rincón, en el suelo, con la espada a centímetros de su mano diestra. El jinete se acercó lentamente mientras levantaba la espada y la acercaba al joven. Éste, preso de terror, temblaba ante el final esperado. La espada brilló mientras la cara del joven cambiaba: profundas grietas se abrieron en su cara mientras la piel se manchaba y arrugaba. El pelo, otrora negro, se había encanecido mientras las manos se arrugaban y denotaban avanzada edad.
Ante ésta espera, casi sádica, el viejo estiró su mano derecha y volvió a tomar la espada quitándo el arma del jinete y volviendo a recuperar espacio. El jinete retrocedió; nunca había visto algo así. El viejo avanzó golpeando su espada contra la espada enemiga mientras el caballo retrocedía lentamente. La fuerza del anciano se multiplicaba ante cada golpe.
Al pasar al lado de la ventana notó una sombra oscura que tapaba la luz del fuego que quemaba el pueblo. Violentamente un segundo jinete con su caballo entraba a la casa. El animal, gris oscuro, resoplaba mientras el jinete, vestido con una túnica del mismo color grisáseo, levantaba su espada para vencer al mortal.
Famine, your body it has torn through
Withered in every place
El segundo jinete atacó con todas sus fuerzas mientras el anciano respondía al ataque como un león en peligro. Sus gritos, poderosos e iracundos, le daban fuerzas para seguir.
Ambos jinetes avanzaban con vehemencia pero en perfecto control de sus acciones. El anciano, en cambio, desesperaba en el ataque. El primer jinete, en un descuido, pudo tomar al viejo del cuello y retenerlo mientras el segundo le acercaba la punta de su espada. Una vez más una tenue luz brilló en el filo del acero. El viejo se sintió desfallecer. Notaba su estómago vacío, como si durante meses no hubiera probado bocado. El primer jinete lo soltó y cayó al piso. La debilidad se apoderaba de él mientras sentía sus músculos que no le respondían.
Levantó la vista y vio que por la ventana entraba un tercer jinete, marrón éste, al igual que su corcel.
Pestilence, for what you had to endure
And what you have put others through
El anciano retrocedió mientras los tres caballeros se acercaron a él. El tercer jinete se acercó y lo miró fijamente a los ojos. El viejo tosió una y otra vez para luego empezar a vomitar un líquido amarillo. Miró sus manos y notó que cientos de pústulas sangrantes crecían y empezaban a sembrar su cuerpo. Volvió a toser. Su nariz y sus oídos sangraban al igual que sus ojos. Miró al piso y notó que a su lado estaba la espada. Estiró la mano y la tomó; no iba a rendirse tan facilmente. Levantó la vista y los vió a los tres, uno al lado del otro, como lo observaban con atención.
Se escucharon pasos lentos, pesados, secos. Los tres jinetes se dieron vuelta mientras el cuarto jinete, negro él, entraba a la casa caminando con su corcel azabache a su lado. Al igual que los otros tres, no tenía un rostro ya que la capucha de su vestimenta impedía que la luz mostrara sus formas.
Death, deliverance for you for sure
Now there’s nothing you can do
Los tres jinetes se abrieron paso ante el cuarto que blandía su espada atento a la situación. El viejo, famélico, enfermo, no quería rendirse e intentaba pararse ayudándose con la pared. El cuarto jinete, en su oscuridad, miró hacia los costados para analizar la situación. Respiró hondo y miró al viejo. Acercó la fría espada al corazón de éste y se agachó ante él. El anciano tembló de terror mientras sentía un frío en su pecho. El sudor y la sangre empapaba sus ropas mientras su respiración se agitaba cada vez más.
La cara del jinete se acercó a la suya. El oscuro resopló y el viejo sintió una sensación de miedo única y espeluznante. Una voz grave, pesada, cargada de siglos de agonías le susurró:
-Elige tu destino…
El viejo pudo responder. La punta de la espada punzó lentamente la carne del anciano mientras éste abría los ojos desorbitadamente. El acero, frío y afilado, desgarró lentamente los músculos llegando fácilmente al corazón. A los costados del arma, una pequeña catarata de sangre comenzó a caer al piso formando un charco alrededor del viejo.
-… y muere- resopló el jinete.
El hombre exhaló su último aliento y cayó de costado con los ojos abiertos y sin vida.


