Archive for the ‘Rápido y al azar’ Category

Presión

Wednesday, December 20th, 2006

Tema elegido al azar: Endomitosis.

Gonzalo Zavala estaba preocupado. Durante semanas había dejado de lado los estudios y ahora se venía el exámen; sabía que iba a ser imposible aprobar. Empezó a estudiar faltando dos días y su deseperación iba en aumento. Pasaba las hojas del libro casi sin leerlas. Él pensaba que las leía, pero apenas pasaba la vista por ellas. Llegó al fátidico capítulo catorce: Genética. Uf, pensó, ¿a quién puede importarle la genética? El quería ser abogado como su papá, pero no por vocación, sino para poder tener una buena posición económica y aparentar ante su entorno su nivel de vida.

Pero claro, hoy recién tenía 16 años y el futuro, pese a estar cerca, todavía le deparaba algún tiempo más de espera. Mientras tanto, seguía estudiando. Los temas entraban por sus ojos, se almacenaban durante algún tiempo en su cerebro para luego desaparecer. Así no voy a llegar, pensaba. Entonces se le ocurrió: el famoso machete. No podía ser muy difícil. En el aula eran 47 alumnos y la profesora era bastante distraída; no podía fallar. La duda era cómo copiarse. Pensó en varias maneras, pero finalmente lo sedujo la posibilidad de tener directamente el libro bajo el pupitre, abrirlo, leer y copiar. Simple. Lo había hecho cientos de veces. Historia, geografía, literatura. Biología no podía ser la excepción.

Llegó el día del exámen y el nerviosismo reinante en el aula era abrumador. Todos repasaban una y otra vez cientos de nombres que iban a ser, para casi todos, la primera y última vez que los oigan nombrar. El único que iba a volver a escuchar esos términos era Natalia Lucena, que ya tenía decidido que iba a seguir cuando terminara la secundaria. Entre tanto nerviosismo, Gustavo estaba tranquilo. Nada podía fallar. Muchas veces le iba bien en los exámenes gracias a esa ayuda extra que tenía bajo el banco. La confianza le daba mucha paz.

Sonó el timbre y entró en el aula la profesora Archino, con sus lentes gruesos, su mirada perdida tras ellos, su cartera en el hombro izquierdo y decenas de carpetas y papeles en la mano derecha. Buenos días, dijo para el aula. Como ocurría en estos casos, sólo parte del aula respondió el saludo. Nadie esperaba las palabras siguientes.

- Chicos, hoy vamos a cambiar el método de exámenes - dijo. Todos miraron a la profesora con una mezcla de curiosidad, esperanza y miedo. - Los voy a ir llamando de a uno y desde su pupitre se levantan responden una única pregunta. Si leyeron la carpeta, van a tener todas las respuestas a las preguntas que voy a hacer. - Gustavo se puso blanco… ¿carpeta? El núnca había escrito nada en la carpeta. Se desesperó.

Y así, casi sin respirar la señora Archino miró su hoja con ojos atentos.

- Zavala - llamó - ¿qué es la Endomitosis?
- La… ¿qué?

Desvío

Saturday, September 23rd, 2006

Tema elegido al azar: Zhou Dunyi.

El niño se acercó al anciano que aparentaba más años de los que realmente tenía. Sus ojos llenos de preguntas buscaron los ojos del viejo en búsqueda de respuestas. ¿Lo había escuchado? Intentó abrir la boca para volver a preguntar, pero un leve gesto del anciano lo hizo callar; estaba pensando. El niño, de pie, esperaba ansiosamente algún gesto o movimiento que le aclarara su visión sobre el caso en cuestión.

El viejo seguía silencioso, casi en un sueño profundo. Millones de ramificaciones nerviosas surcaban el interior del sabio en un intento de visualizar la respuesta correcta. Pensaba, lentamente, pero más rápido que cualquier otra persona. Luces brillantes, mezcladas con signos incomprensibles guiaban sus pensamientos. Nadie hubiera podido adivinar cuan especial era el estado en el cual se encontraba, ni que tan importante era la respuesta que estaba a punto de formular. Corría el año 1070 en la antigua China y un niño tenía para realizar una de las más importantes preguntas que jamás se hayan formulado. Estuvo varios meses sin saber quién podía responderle un cuestionamiento de este tipo, hasta que finalmente escuchó sobre la existencia de un filósofo que podía ayudarlo.

Vagó durante semanas preguntando a todas las personas del pueblo, pero su corta edad hacía que todo el mundo lo ignorara. Estaba desesperado, necesitaba con urgencia una respuesta y sus padres, a los cuales consultó en primer término, empezaron por ignorarlo, para tiempo después decirle que no entendían su pregunta. Decidió preguntarle a su maestro el cual, severamente, le dijo que un niño de su edad no podía estar preguntando semejantes cosas. Se sentía devastado.

Finalmente pudo llegar al viejo sabio el cual lo recibió casi en silencio. El niño, lleno de miedos, se acercó lentamente. El viejo lo alentó a no tener miedo y a preguntar, tal como lo había deseado hacer desde hace tiempo. Se inclinó al oído y formuló su pregunta en voz baja. El viejo abrió los ojos con sorpresa y miró al niño con expresión grave. El niño retrocedió e intentó escapar, pero el sabio lo retuvo y le dijo que esperara un momento.

Y aquí estamos, en el silencio del hogar del anciano Zhou, esperando la tan ansiada respuesta. Luego de diez minutos de meditación, el viejo abrió lentamente los ojos y miró fijamente al niño. Éste, asustado, retrocedió unos pasos. El ambiente se había vuelto hostil; el viento entraba violentamente por las débiles ventanas de la casa. La decisión estaba tomada. Los próximos sonidos que el señor Zhou pronunciaría cambiaría para siempre el camino que tomarían los hechos futuros.

Miró al niño con seriedad; sus ojos oscuros encerraban un brillo difícil de ignorar. El niño cambió su expresión intentando saber la respuesta; sus ojos gritaban pidiendo la respuesta. El viejo, lentamente, abrió su boca y respondió:

- No.

El niño respiró profundamente, agradeció y se fue a su casa donde vivió el resto de su vida en el más absoluto hermetismo.

Si tan sólo el viejo le hubiera dado al niño la respuesta correcta… Quizás hoy yo no estaría escribiendo esto…

Influencia

Wednesday, August 30th, 2006

Tema elegido al azar: Marius Lăcătuş.

Andrei era un chico como cualquier otro. Había nacido en Timişoara, Rumania, pero a los 2 años se mudó a Bucarest junto a sus padres Gheorghe y Simona. Su padre trabajaba todo el día en una oficina del centro de la ciudad y todos los días llegaba del trabajo a última hora de la noche; criar a un hijo no era tarea sencilla y Gheorghe se deslomaba para poder traer algunos lei a su casa.

Una tarde de primavera, domingo más precisamente, Gheorghe caminaba con el pequeño Andrei por una calle solitaria. A lo lejos se escuchaba a un relator televisivo que comentaba un partido de fútbol. Gheorghe se detuvo en la ventana de la casa que tenía el televisor, una casa antigua y confortable. En su interior, un anciano miraba el partido en cuestión en la osucridad del ambiente desde un cómodo sillón, de espaldas a la ventana. A la derecha una gran fotografía de Marius Lăcătuş, estrella del fútbol rumano, ocupaba gran parte de la pared.

Gheorghe miraba con poco interés como se desenvolvía el partido. Casi sin querer miró al pequeño Andrei que con sus grandes ojos azules, miraba el partido con detenimiento. Minutos después, el barrio explotó en un sólo grito de júbilo: Lăcătuş abría el marcador para su equipo, el Steaua Bucarest. El viejo saltó de su asiento y se arrodilló delante de la foto del goleador. Andrei miraba… casi sin creerlo. En su pequeña cabecita se encendió una luz que iba a cambiar su vida. El padre lo miraba, asombrado. A partir de ese día, cada vez que Andrei veía un partido de fútbol o una pelota, señalaba mostrando su interés y su padre no dejaba de estar atento ante estas demostraciones.

Pasaron los años y Andrei se dedicó al fútbol sin grandes habilidades, sin embargo su esfuerzo y tenacidad le había dado la gran oportunidad de su vida: jugar un mundial. Finalmente estaba frente a la pelota, listo para comenzar el juego. Su remera amarilla con vivos azules y rojos brillaba ante el ardiente sol de la tarde. El público gritaba emocionado: el mundial estaba a punto de comenzar.

Se le cruzó una imagen por su cabeza: el viejo que había visto junto a su padre y la imagen de Lăcătuş pegada en la pared. En ese instante recordó cómo había empezado todo.

Sonó el silbato y Andrei, volviendo a la realidad, movió ante el ensordecedor ruido del público… Los próximos días iban a ser los días más emocionantes de su vida.

Primer corner a favor de Rumania. Andrei trota hacia la esquina para patearlo; el público rumano explota…

Pieles

Wednesday, August 16th, 2006

Tema elegido al azar: Curtiembre.

Siempre pensó lo mismo: no le quedaba otra. Cuando era joven la necesidad lo hizo buscar algún trabajo que le permitiera subsistir. Sin haber conocido nunca a su padre y teniendo una madre enferma tuvo que abrir la ventana y enfrentarse al mundo. Intentó de todo: albañil, pintor, plomero, changas, etc. Ninguno le duraba o le redituaba lo bastante como para poder estar tranquilo. No vivía al día, vivía al minuto. Recordaba con añoranza esos jóvenes días en donde creía que se podía llevar el mundo por delante; sentía aún la dulce memoria de la despreocupación. Gastaba lo poco que ganaba en cerveza y cigarrillos y cuando murió su madre el descontrol aumentó. Trabajaba unos días, cobraba unos pesos y luego se desentendía del mundo. Poco recordaba de esos días; apenas el momento en donde se sentaba en el bar de siempre para pedirle a su amigo, el mozo, que le trajera una cerveza. Su siguiente recuerdo era en algún lugar, con suerte en su casa, en donde la resaca y el dolor de cabeza dominaba la escena. Revisaba sus bolsillos y sólo encontraba mugre. Tenía que volver a buscar un trabajo.

Su vida se mantuvo con la misma rutina durante algunos años. Sabía que nada podía a cambiar el rumbo de los hechos: era un perdedor y como tal vivía su vida.

Hasta que llegó ella.

No sabía muy bien como la conoció, pero había hablado con ella varias veces en el bar de siempre. Siempre tomaba cerveza en grandes cantidades y para él era como tener un compinche de rondas. Varias veces se despertó con ella durmiendo a su lado. Nunca le interesó mucho… hasta que ella llegó con la noticia del embarazo. Al prinicipio él no tuvo respuesta ya que nunca había pensado que hacer ante algo así. Primero pensó que buscar a alguien que se lo saque, pero luego vió la felicidad de ella ante la noticia. También podía escaparse pero, ¿qué iba a hacer? No tenía a donde ir, no tenía a quien recurrir y la única persona que cada tanto le tiraba un trabajito vivía a una cuadra de su casa.

Entró en pánico sin saber que hacer. Su mejor amigo, o algo así, le recomendó que largara todo. Andate, le decía, ¿qué vas a hacer con un hijo? Tenés que mantenerla y mantener al pibe. No es joda, eh! Apenas podes mantenerte vivo vos. O decile que se vaya, que se busque algún macho que la mantenga. Eso es lo mejor para ella y su pibe. Su pibe. No era su pibe, era nuestro pibe. Pensó en las alternativas. Que se lo saque, dejarla, que se vaya, pegarle un poco para que lo pierda… pero no. Nada lo convencía. Además, a la piba la quería. Era la única que se reía con él, la única que lo hacía sentir alguien.

La llamó y le dijo que estaba todo bien, que estaba asustado pero que iba a hacer lo posible para que todo vaya bien. Y empezó a pensar que hacer con su vida. No podía mantener a tres personas con changas… aunque muchísima gente mantenga familias de siete u ocho hijos de esta manera. Él quería algo más. Y empezó a preguntar, quizás con un poco más de ahínco que antes, hasta que llegó una oportunidad. Buscaban personas sin experiencia para trabajar en una pequeña curtiembre. De movida no le interesó, pero luego le dijeron que pagaban bien y el sueldo era fijo. Sus ojos se le iluminaron: un sueldo fijo por mes. Eso era mucho más de lo que jamás hubiera imaginado.

Sus próximos cuarenta años se basaron en lo mismo: trabajar en la curtiembre. Empezó en la nada, sin saber siquiera que hacía una curtiembre. De entrada le dijeron que se trataba sólamente de sacarle la piel a los animales para hacer cueros, pero luego se dio cuenta que no era tan así. Poco a poco aprendió el trabajo. Se limpia la piel, se la curte, se la tiñe y luego se le realiza el acabado. Poco a poco fue comprendiendo como era el proceso y pudo llegar hasta ser jefe de sección. Un cargo bastante importante para una persona que no había terminado la secundaria y hasta los 27 años no sabía que hacer de su vida. Durante los cuarenta años que estuvo en la curtiembre, trabajó como nunca en su vida para poder mantener a su mujer y su hijo.

Hoy en día, ya jubilado, recuerda sus años oscuros y sus años grises y de las desiciones que tomó en su momento. Era extaño, la curtiembre había salvado su vida, pero ahora venía a cobrar su cuota: el cáncer. Años expuesto a los químicos tóxicos que se generan en las distintas etapas habían afectado su piel y sus pulmones deteriorándolos progresivamente. Había procesado pieles durante décadas y ahora su propia piel venía en busca de revancha. Una dermatitis aguda no tenía ya vuelta atrás.

Sólo en su habitación, miraba el piso en silencio. Su esposa, al igual que su madre en su momento, lo había dejado sólo en este mundo. Su hijo, ya mayor, tenía su propia vida y ayudaba como podía a su padre. Pero ahora estaba sólo, pensando. Miraba las pequeñas formaciones de polvo que se agrupaban en las grietas del piso, iluminado apenas por un débil sol que se asomaba entre oscuras nubes.

Silencio…

En su juventud no se preocupó de sí mismo, durante su etapa adulta sólo se preocupó de trabajar en la curtiembre para su hijo. Y ahora estaba ahí… sin nada que poder hacer, esperando. Cervezas, cueros, químicos, bares, cigarrillos, dinero, pañales… todo se mezclaba. Y esperaba…

Esperaba… En silencio… Esperaba…

Un día, casi sin quererlo, cerró los ojos… Por primera vez en su vida era libre…