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La rosa y sus espinas

Saturday, September 30th, 2006

luminæ IV

El recinto era gigantesco… o por lo menos lo parecía. Nadie hubiera podido especificar dónde se encontraban las paredes ya que eran difusas. Lo mismo ocurría con el piso y el techo. Estaban ahí, eso se notaba, pero no se podía ver con exactitud dónde. Una luz blanca, potente pero no dañina, lo cubría todo. Se podía ver cada detalle del lugar; no había nada que esconder. Una paz inconmensurable plagaba el ambiente, generando un estado de relajación indescriptible.

En el medio del inmenso recinto, Dios meditaba en silencio, con la cabeza gacha, sus ojos cerrados y millones de pensamientos cruzando su mente. Avistaba los hechos futuros analizando paso a paso cada suceso. Todo concordaba. Las cosas eran e iban a seguir siendo de la misma forma. Sentimientos ajenos a su persona lo inquietaban. Sabía a que se debía, pero Él dejaba que las cosas ocurrieran como debían ocurrir, teniendo la ventaja de saber como iban a terminar. La hora había llegado…

Respiró profundamente…

Se empezaron a escuchar ruidos que provenían del exterior. Comenzaron siendo casi inaudibles, pero poco a poco su volumen fue creciendo. Dejadme pasar, gritaba una dulce pero potente voz. No, no podéis pasar si Él no os llama. ¿Cómo no ha de querer hablar conmigo? ¿No veis quien soy? Él me va a recibir, no tengo dudas. Se escuchaban cientos de voces que pedían poder ingresar y otras tantas defendiendo el impedimento.

Dios abrió los ojos, miró hacia la puerta y esperó. Alguien manipuló los pesados picaportes de la inmensa puerta. Lentamente, ésta se abrió silenciosamente y permitió el paso de cientos de ángeles hacia el interior del impoluto recinto. Los serafines se desplazaron velozmente alrededor de Dios, cubriéndolo de los agitadores. Junto a los serafines, los querubines y arcángeles cuidaban al Ser Supremo.

Dios miró al grupo descontento que ingresaba con paso firme y vio en el centro al ángel que los lideraba. Sus facciones eran perfectas, su pelo, dorado como el sol, brillaba iluminado por las luces invisibles del recinto. Sus alas, blancas como la pureza misma, se extendían más que ninguna otra. Eran incluso más grandes que su propio cuerpo. Quizás tres o cuatro ángeles se hubieran podido refugiar en cada una de éstas alas. La perfección misma estaba caracterizada en él. Mirarlo generaba inmediatamente una atracción indescriptible. Sin duda, el ángel más bello tenía razón de serlo y Dios había sido el responsable de darle semejantes dotes.

- Quiero hablar con vos - le dijo a Dios con una suave y dulce voz que, sin embargo, mostraba firmeza y decisión. - Hay algo que quiero que sepas -. Los ángeles que lo acompañaban, todos de punta-en-blanco, asentían y mostraban su descontento.
- Silencio - ordenó Dios, y todos los presentes callaron al instante. Su voz inequívoca y poderosa sembró temor en los presentes y lo demostraron retrocediendo un paso… Todos, menos uno que se mantenía de pie, con expresión seria y determinada. Temblaba por dentro, pero no dejó que su aspecto lo demostrara. - Dejadme a solas con él. - sentenció Dios.

Los serafines se negaron en un primer momento a dejar sus puestos.

- Señor, no te vamos a dejar a solas con él. No creo que tenga buenas intenciones. - Dios giró lentamente su cabeza y con usa sonrisa propia de su bondad miró sabiamente al leal serafín. Éste comprendió e instó a los demás a retirarse. El ángel hermoso hizo lo propio con sus seguidores de manera un poco más violenta.

Una vez que todos se fueron, quedaron ambos frente a frente.

- ¿Qué queréis de mi, Lucifer? - preguntó Dios, sabiendo la respuesta.
- Quiero que completéis tu obra.
- ¿Mi obra? ¿Qué obra he dejado inconclusa?
- Miradme - instó Lucifer - ¿Me veis? ¿Veis lo hermoso que soy? Soy la perfección en su máxima expresión. Mirad mi cuerpo, mis facciones, mis alas. Soy todo lo que has querido que sea. Un ser perfecto. Pero todavía falta algo.
- ¿Qué quieres decir?
- Para ser perfecto me falta una sola cosa. Quiero ser como vos. Quiero sentarme junto a vos y, junto a tu enorme sabiduría, aprender, saber, conocer y conducir este mundo que habéis creado. Quiero ser un dios. Quiero que todos me adoren como te adoran a vos, quiero que me rindan pleitesía como a vos. Quiero ser el ángel más perfecto de todos los ángeles que jamás os hayan seguido. No quiero ser solamente el portador de la luz y de la aurora. Quiero ser Vos.

Dios miró a Lucifer a los ojos y notó como inmenso orgullo quemaba lentamente la pureza de su alma. Dejadme ser como vos, repetía casi a los gritos, no seáis egoísta Dios, dadme el poder de ser Vos y os ayudaré a manejar este mundo imperfecto que habéis creado. Dejadme que lo mejore para Vos. Dadme la fuerza y la sabiduría necesaria para ser Dios.

En este momento Dios, lenta pero constantemente, creció en magnitud y miró a Lucifer desde su altura celestial. El ángel, en estado de desesperación, ahogó una sonrisa viendo al Único con todo su poderío.

- ¡Lucifer! - gritó Dios con una voz grave y profunda que hizo temblar los cimientos. Afuera, los ángeles escucharon la voz enojada del Supremo y escaparon a refugiarse. - ¡Lucifer! ¡Miradme a los ojos, Lucifer!
- Si, Dios, si. Te veo, oh, Ser Supremo. - tembló con voz débil.
- ¡Silencio, ingrato! Habéis traicionado tus raíces queriendo más de lo que te he dado. - Su voz se escuchaba hasta en los confines del universo. - Habéis pecado de orgullo pensando que la belleza y perfección que te he dado no eran suficientes. Habéis querido pasar por encima de mis ayudantes intentando ocupar un puesto que no te corresponde. Yo te he creado…
- … para mostrar que tan perfecto puedo ser! - interrumpió Lucifer en tono de clamor.
- ¡Silencio, desagradecido! Habéis traicionado todo lo que te creó y me habéis traicionado a mí.

Estas palabras le generaron un pequeño espasmo en el ángel que lo inquietó de manera desmedida. El brillo que desde su creación había acompañado a Lucifer, desapareció. Éste se miró y sus ojos expresaron temor por primera vez en su vida.

- No, por favor, Dios, no me hagáis esto - imploró Lucifer mientras sus ropas se empezaban a derruir lentamente. Llegaba la sentencia final.
- Lucifer, - su voz pausada y firme, era un todo, todas las criaturas del universo oían asustadas - por tu traición y por el poder que gobierno, te destierro a vos y a tus seguidores del Paraíso y los condeno a vagar por toda la eternidad en la oscuridad alimentándose de ratas y de la mugre que las envuelve. - Los ojos claros de Lucifer se oscurecieron, sus ropas, grises ya, despedían fétidos olores. Sus pelos, otrora rubios, caían oscuros y mugrientos. Lentamente, las antes hermosas alas blancas, empezaron a marchitarse y a oscurecerse. Las facciones de Lucifer dejaron de ser curvas y suaves y empezaron poco a poco a marcarse gravemente. Su piel que había sido suave y cristalina, empezó a pudrirse cual cadáver en su tumba. - Serás conocido como Diábōlus, Satâna, Beelzebub, Belhor, Baalial, Beliar, Beliall, Beliel, Azazel; como el Dragón; como el padre de la mentira. Serás odiado por cuanto ser pueble la tierra y tu presencia significará muerte y odio.

Lucifer, oscuro, encorvado, sucio, maloliente, miraba a Dios con ojos de ira. Su voz, fétida y quejumbrosa, sonaba como mil gritos de muerte. Lucifer, el que había sido el ángel más bello, se había convertido en el Príncipe de las Tinieblas. Dios sentenció:

- Desapareced de mi vista, agonía sin fin. Arrastraos de por vida en los confines de los abismos y pagad con tu alma y tu sangre la traición que habéis cometido.
- Esto no ha de terminar acá - dijo el oscuro con su crujiente voz mientras de su piel brotaba pestilencia y enfermedad que derruía las prendas ya negras que apenas lo cubrían. - Ganaré esta batalla aunque me lleve toda la eternidad. Me devoraré una y cada una de las almas que hayas de crear hasta que todos me alaben como a su dios.
- Lo intentarás, pero nunca habréis de ganar. Sois la putrefacción, la mentira, la ira, el odio y todo aquello que no tiene lugar en la tierra prometida. - Su voz creció más aún - ¡Fuera de mi vista! ¡Deteriórate en el abismo junto a tus ratas!

Dios hizo un gesto con su mano y las grandes puertas se abrieron. En el exterior, los serafines, querubines y arcángeles fieles al Único miraban espantados como los seguidores de Lucifer habían cambiando de forma convirtiéndose en pequeñas figuras oscuras y fétidas. Todos miraron hacia dentro del recinto y vieron a La Gran Luz expulsar a un ser putrefacto que se arrastraba dejando tras de si la sangre que brotaba de las purulentas llagas que reventaban en su cuerpo.

- ¡Te destruiré! - graznaba el odio en persona - ¡Seré la espina clavada en cada ser de tu creación!

Con un rápido movimiento, el piso de los Cielos se abrió y Lucifer junto a sus séquitos cayeron en los abismos de la oscuridad con un agudo grito de pena, para nunca más volver a pisar lugares santos. Los serafines, guardianes del Dios, se acercaron hasta éste el cual volvió a tomar su forma original, benévola y misericordiosa. El serafín leal que no había querido dejar sólo a su Dios con el mal, le preguntó:

- Señor, ¿por qué los habéis mantenido con vida? Tú les habéis dado vida, tú tienes el derecho y el poder de quitársela. ¿Por qué no lo habéis hecho?

Dios miró al fiel serafín y con una amable sonrisa preguntó:

- ¿Cómo diferenciáis a los frutos si todos fueran iguales? ¿Cómo harías para llamar a alguno de tus hermanos ángeles si todos se llamaran igual? - Dios sonreía.
- No os entiendo, Señor.
- Si alguien tuviera que elegir y no tuviera opciones, ¿podría elegir?
- Pero, Señor, ¿quién va a elegir… ? - el serafín abrió los ojos cuando la comprensión lo invadió. - ¿Acaso vaís a realizar alguna creación que tenga la posibilidad de elegir?
- Shhh… - sonrió Dios y guiñó un ojo con una sonrisa cómplice. - ¿Recordaís ese planeta azul?

H.

Thursday, December 8th, 2005

Esto lo escribí en 1998…

H. luminæ I

Pienso. Reflexiono.

Ya todo está tranquilo, calmo, sin sobresaltos. Es difícil volver. Todo era tentación incontrolable, sin escrúpulos, sin voluntad. Pero ahora está todo tranquilo, apacible… Hoy el mundo existe, formo parte de él. Este mundo que nunca me respondió y al cual fui olvidando. Nadie me ayudó en esto, nadie quiso ayudarme, nadie puede ayudarme, nadie debe ayudarme. Nadie. Nunca.

Todo está tranquilo. O, por lo menos, eso parece. El día está claro, luminoso. Muy diferente de aquellos que no pude, no quise, no debía ver. Días oscuros y sin alma. A veces pienso y digo, ¿sueño?; a veces me respondo, quizás. Me miro las manos, los brazos, las piernas. Hay momentos en los que me pregunto cuando me pasó un tren por encima. Porque me siento así, como si me hubieran descuartizado. Como si cada parte de mi cuerpo tuviera vida propia y vivera a su manera.

Al parecer, todo está tranquilo. Sudo, pero nada más. Es natural. Creo. Sólo necesito tranquilizarme. En algún momento el reclamo pasará. Sólo debo contenerme y esperar. El sillón es lo suficientemente cómodo cómo para que me relaje. El sol entra por la ventana envuelta en rejas. Rejas innecesarias ya, que me impedían la libertad. Nada me desconcentrará. Ni siquiera este sudor que me preocupa un poco, sólo un poco.

Creo que todo está tranquilo. El sudor aumenta y empiezo a sentir algo

¿ansias?

que me quiere perturbar. No pienso. Cierro los ojos e intento calmarme. Es sólo un estado temporal, consecuencia de mis errores. Siento una gota que resbala por mi párpado derecho. Lo cierro. Me hace cosquillas, me río. Hace mucho que no ría a causa de las cosquillas. Últimamente lo hacía y no sabía por qué. Esta oscuridad me molesta. Me hace recordar a esos tiempos en donde cerraba los ojos para no ver los colores chillones, brillantes, enfermos. Me quedaba horas con los ojos cerrados y cuando los abría todo era peor. Y eso me hacía estallar en locura y volvía a girar en un mísmo círculo. Abria los ojos y soportaba la luz intensa hasta que conseguía la cura, entonces todo volvía al normalidad. O casi. Ahora empiezo a sentir miedo. ¿Abro los ojos? Tiemblo con sólo pensarlo.

No se si todo está tranquilo. Mi corazón empieza a acelerarse. Escucho una canción que suena en mi equipo de música…

Hear me… And if I close my mind in fear, please pry it open.
See me… And if my face becomes sincere… ¡BEWARE!
Hold me… And when I start to come undone, steach me together.
Save me… And when you see me scratch, remember how I left this outlaw thorn.

Parece que se está burlando de mi. Tomo fuerzas dentro mio y abro los ojos. Todo parece igual, pero el sudor lo siento frío; mi corazón parece un ejército cabalgando, mis manos se aferran al sillón, mis uñas se clavan como dagas sobre el cuero. Miro a mi alrededor… ella me está mirando.

No creo que todo esté tranquilo. Ella me mira y me tienta. Pienso y me doy cuenta que ella es mejor cura que cualquier otra cosa. Sin duda debe ser el mejor remedio. Créanme.

And if my face becomes sincere… ¡BEWARE!

Mi sigue mirando con su único ojo, me llama, me tienta, me enamora. Tiene seis razones para desligarme de todo. Me presiona… Me levanto…

No está todo tranquilo. Creo en vos. Se que me vas a servir, me vas a liberar. Mi cabeza comienza a trabajar. Amor, odio, paz, guerra, vida, muerte, encierro, libertad, cielo, tierra. Pienso. Sudo. Parpadeo. No río. Odio. Tiemblo. Espero. Lo tomo entre mis manos. Siento su frío cuerpo entre mis dedos. La acaricio y la escucho. Me pide que la use, que la utilice como cura. Y no me puedo resistir.

And if my face becomes sincere… ¡BEWARE!

Todo está intranquilo. La desesperación ha cundido en mi. El miedo, el ansia, la locura se ha apoderado de mi cuerpo. Mi alma está acéfala, sin nadie que la gobierne. Una lágrima recorre mi mejilla. Una lágrima de odio hacia todo el mundo. Este mundo que se olvidó de mi y que me condujo a esto. No son excusas, es la verdad, créanme.

And if my face becomes sincere… ¡BEWARE!

Mi dedo índice se posiciona en su lugar. Ella me lo pide. Veo su único ojo que me mira. Se que se está riendo. La llevo a mi sien…

… ¡BEWARE!

Está fría. Sin vida. Empiezo a presionar la solución a todos los problemas.

… ¡BEWARE!

Pienso. Reflexiono.

… ¡BEWARE!

Ahora todo está tranquilo.

Legado

Monday, November 21st, 2005

luminæ III

El viejo llegó hasta la solitaria esquina y observó hacia su izquierda. La calle que cruzaba su camino terminaba ahí, a pocos metros. Dobló y miró hacia el suelo; la calle seguía siendo empedrada, como lo había sido desde que tenía memoria. ¿Cuándo fue la primera vez que había transitado esa cuadra? ¿En 1985? No lo recordaba muy bien, su memoria ya no era lo que había sido.

El viento frío soplaba intensamente levantándole el grueso sobretodo que lo abrigaba. Sus blancos pelos bailaban al son de una danza en donde el viento decidía los pasos. Las hojas abandonadas de los árboles dormidos corrían por las veredas junto con algunas bolsas vacías. Las densas nubes de un gris plomizo oscurecían el ambiente. Sintió como su cuerpo se tensaba por culpa del clima. Hundió sus manos en los bolsillos mientras encogía los hombros intentando evitar que el frío entrara por el cuello de la ropa. Pero era inútil; el frío lo abarcaba todo.

La soledad del lugar era abrumadora. Normalmente esa esquina es bastante concurrida los días de semana. Pero no los sábados, y menos si es pleno invierno. A lo lejos se escuchaba el motor de un automóvil que se acercaba lentamente, y más a lo lejos, un colectivo. Los pocos negocios de la zona estaban cerrados, lo cual daba aún más motivos para que nadie se acercara por esa zona… O quizás, la poca gente de la zona hacía que nadie abriera los negocios… El huevo o la gallina…

Respiró hondo y caminó. La calle medía no más de 30 metros y terminaba abruptamente en una pared que la separaba del abismo del ferrocarril. La misma estaba pintada con dibujos hechos por chicos que intentaban darle al barrio un ambiente más amigable y no tan lúgubre… La soledad y el frío marcaban a los dibujos como grotescos. Justo en la mitad de la pared, en la parte superior, un puente le permitía a los transeúntes cruzar sobre las vías del tren para llegar al otro lado. El viejo se hallaba parado a no más de 4 o 5 cuadras de la terminal del tren, lo cual hacía que por esa zona hubiera varias vías paralelas, geografía clásica de una terminal férrea. El puente era muy largo (¿50 metros? ¿60?) y pese a no ser techado, tenía paredes lo suficientemente altas para evitar que alguien cayera al vacío… Obviamente esas paredes no eran sólidas, sino que estaban armadas con un grueso alambre que permitía ver a la terminal de un lado y a las vías del tren perdiéndose en el horizonte por el otro. Este puente se conectaba al piso mediante una escalera de material que subía paralela a la pared desde el extremo derecho de ésta hasta el centro de la misma.

El viejo recordaba antiguas anécdotas de esta calle (casi callejón). Recordaba haber estado jugando al fútbol con sus amigos, por más que el piso fuera empedrado, lo cual demostraba lo poco que le importa a un chico jugar, sea donde sea. Recordaba como la pelota se le había ido varias veces a las vías y recordaba esas fantásticas travesías que había que hacer para recuperarla. Más de una vez sabía que “colgaba” la pelota a propósito, sólo para tener que adentrarse entre esos altos pastos que cercaban las vías. ¡Aventuras al por mayor!

Caminó lentamente por la calle acercándose a la pared. Varios autos estaban estacionados, algunos de ellos abandonados. Cercanos a éstos, entre las piedras del empedrado, emergían pequeñas hierbas verdes. Que ironía. Tantas zonas en el mundo en donde las tierras son yermas y acá, en plena ciudad, sin cuidado, entre piedras y un neumático casi podrido, unas hojitas verdes salen al mundo en busca de la luz del sol que las fortalezca.

Del lado derecho de la calle, la misma fábrica de siempre estaba cerrada. Su puerta principal, cerrada y oxidada parcialmente. Nunca supo a que se dedicaba esa fábrica. Es más, solo recuerda haber visto el portón principal abierto un par de veces. Imaginaba que la misma debería estar abandonada, quizás producto de un mal manejo empresario, quizás producto de un mal manejo en el país que ha hecho cerrar fábricas a lo largo y ancho del territorio, quizás…, quizás…

Giró su cabeza a la izquierda y la vio. Estaba ahí, en el lugar de siempre, pegada a la pared que daba a la vía, en noventa grados: la entrada.

No notó grandes cambios. El logo de su escuela estaba ahí, sobre la puerta. Quizás un poco mas “moderno” del que recordaba, pero manteniendo la esencia del antiguo. Pensó en cuantas formas y estilos diferentes habrá tenido ese logo a lo largo de la vida. ¿Cuantos años tendrá el colegio? Cuando era joven recordaba que tenía como 100 años… ¡Uf! Si habrá formado vidas…

Se acercó a la puerta y mil recuerdos cruzaron su mente. Las salidas, siempre “organizadamente desorganizadas” se realizaban utilizando a un grupo de chicos que hacían una fila a modo de barrera para que los padres no se juntaran todos en la puerta; los chicos buscando con la mirada a los padres y estos gritando para que sus hijos los vieran. El viejo se recordaba saliendo del colegio, buscando con la vista a su mamá… incluso tiene un recuerdo de una vez que su abuelo lo fue a buscar…

Miró el piso… relativamente nuevo a comparación de lo que recordaba. La puerta, de algún tipo de chapa, relucía con sus múltiples ángulos. Pensó. Tenía la mirada perdida mientras una pequeña sonrisa se le dibujaba en la boca. Su vista volvía a enfocar, a través de sus anteojos, en los pequeños detalles que se marcaban aquí y allá…

Una idea se le cruzó por la cabeza: si tan solo…

De repente una de las hojas de la doble puerta de entrada se abrió pesadamente. El viejo se sobresaltó y dio un paso atrás. Por la puerta apareció una señora de mediana edad, quizás de unos 40 años, bajita, con anteojos de marco negro, pelo algo canoso anudado con un rodete por la parte de atrás. Vestía un saquito de lana (o algo así) de color marrón, pollera larga negra y zapatos negros.

- Buenas tardes, - dijo la señora amablemente - ¿desea algo? ¿Busca a alguien?

El viejo no sabía bien que responder. La aparición de la señora lo había asustado y se sintió descubierto en sus más profundos sentimientos.

- ¡Ea! ¿Se siente bien? ¡Está pálido, hombre! Hace mucho frío para estar parado ahí, abuelo. Dígame, ¿necesita algo? ¿Acaso busca a alguien?
- Estem… Eh… - las palabras no querían salir - Estaba caminando por esta zona cuando pasé por la esquina - señaló a la esquina de donde vino - y recordé algunas cosas que me pasaron.
- ¿Algo malo?
- No, no, no… En absoluto. ¿Sabe? - dudaba - Yo viví mi infancia en este barrio y estudié en este colegio durante muchos años. - levantó la cabeza señalando el edificio de pocos pisos.
- ¿En serio? ¡Que sorpresa! Pero de eso deben haber pasado muchos años - dijo con una pequeña sonrisa que enseguida desdibujó. No quería que el viejo pensara que lo estaba cargando.
- ¡Uy! Muchos… No recuerdo bien cuantos… Serán unos 70 años desde que me recibí… Algo así. Mi cabeza ya no es como antes. - se tocaba la frente con el índice de la mano derecha - Ahora todo es difuso - sonrió.
- ¡Vamos! - la señora dibujó una sonrisa - ¡No se me tire abajo, hombre!

Se miraron. Los ojos de ella vieron los de él y notaron muy profundamente un brillo especial que mezclaba añoranza con una súplica especial. Le prestó especial atención a ese brillo y notó, de manera casi imperceptible, el grito desesperado que surgía dentro de él.

- ¿Quiere pasar? - preguntó

El viejo abrió los ojos como hacía mucho que no lo hacía. Su corazón empezó a latir mas rápido y no le importó que el médico le haya dicho que no debía tener impresiones fuertes. Sus manos sudaban profusamente. Sentía que le faltaba el aire.

- ¿Quiere? - volvió a inquirir la señora - Vamos, venga, hace frío y si sigue ahí parado se me va a congelar.
- ¿Puedo? - dudó el viejo - ¿No le voy a causar algún problema?
- No, para nada. Soy la encargada del edificio. - subrayó - Vivo acá y me encargo de mantener el edificio en condiciones - señaló hacia el interior - Hoy es sábado y los cursos de catecismo de fin de semana ya terminaron hace 2 horas. - miró el reloj - Está mi hijo en el último piso haciendo sus deberes, por lo demás, el colegio está vacío. - volvió a mirar al viejo - Vamos, pase. Le voy a traer una taza de mate cocido que tengo acá en un termo.

Le tendió la mano y el viejo se tomó de ella para subir el único escalón que separa la vereda del edificio. Ese pequeño instante en donde el calzado del viejo se posaba sobre el escalón, una nueva oleada de recuerdos cruzó su mente. Se vio con su guardapolvo gris oscuro, con su pantalón gris (esos que siempre odió porque le pinchaban las piernas), con su camisa celeste, su corbata azul y sus útiles en su mochila. Se vio entrando al colegio. Recordaba que en una época su papá lo llevaba en auto hasta la escuela, por más que vivieran a 5 cuadras. En otros tiempos lo llevaba su mamá. En sexto o séptimo grado, no recordaba bien, empezó a ir solo. Se sentía grande…

Volvió a su realidad actual. Terminó de subir el escalón y camino lentamente hacia la puerta… Hacia el portón… Lo cruzó y miró al interior.

- Espéreme acá que voy a buscar el termo. - dijo la señora mientras se metía en una de las oficinas que había a la izquierda.

El pequeño hall de entrada se mantenía intacto. A la izquierda, seguía estando la administración del colegio, junto con algunas oficinas que nunca había llegado a conocer. A la derecha, la pared brillante producto de pequeños azulejos que formaban su estética… Y sobre ellos un moderno cartel con el nombre del colegio… “Instituto…” rezaba. Lo había olvidado, siempre había sido un instituto, no solamente un colegio.

La señora volvió con un termo en una mano y un vaso de telgopor en el otro lleno de mate cocido caliente. El viejo agradeció y le dio un sorbo. Un estremecimiento cálido le recorrió el cuerpo de punta a punta. Se sentía mas abrigado y tranquilo.

- ¿Quiere recorrer un poco el colegio? - dijo la mujer mientras cerraba el portón - Imagino que debe tener muchos recuerdos de estos lugares, ¿no?
- Si, la verdad que sí. Me gustaría mucho recorrerlo si usted no tiene problema en acompañarme. ¿Sabe? Ya no estoy muy bien de salud como para estar solo en un lugar así.
- Pero estuvo muy bien de salud para llegar hasta la puerta - retrucó la mujer con una mueca.
- Pero esto es diferente. Tengo que llevar aquí dentro no solo al anciano, sino también al niño que recorrió estos pasillos. - le guiñó un ojo
- No se preocupe, de todas maneras tenía pensado acompañarlo. Vamos - la señora se acercó al segundo portón que separaba el hall de entrada del patio principal y lo abrió.

Y los recuerdos volvieron…

Cientos de chicos, todos vestidos igual, corriendo de un lado al otro, gritando, saltando, jugando. Algunos más grandes que otros. A un costado las maestras, vestidas de punta en blanco, conversando entre ellas y mirando a sus alumnos, cuidándolos. Ellas sabían que tenían en sus manos a un grupo de futuros adultos y parte de la responsabilidad de que llegaran a serlo dependía de ellas. Sentían amor por sus chicos y estaban decididas a brindarles todo de sí. Casi sin notarlo, las luces que iluminaban el patio se apagaron lentamente…

… y el viejo cruzó la puerta para ver el querido patio principal del colegio. Un patio techado, grande, muy grande, que usaban los chicos de primaria para los recreos y para los actos patrios.

- ¡Sigue igual! - exclamó el viejo.
- ¿Si? Hace algunos años lo remodelaron, pero quizás mantenga la esencia.
- ¿Sabe que? Los años podrán pasar, pero hay cosas que se mantendrán relativamente igual. El colegio al cual iba mi padre no difería mucho del que iba yo. Quizás era mas “moderno” como quizás sea este comparado con el mío, pero imagino que el concepto se mantiene.
- Bueno, - dudó la señora - sigue habiendo aulas, pupitres, pizarrones… ¡hasta tizas!
- ¿Lo ve? - sonrió - Quizás los pupitres de hoy en día sean mas “estilizados” que los de mis días, pero seguirán siendo pupitres.

Empezaron a caminar por el patio. A la izquierda estaban las escaleras que llevaban a los distintos pisos. Recordaba que había tres escaleras en la escuela. Estas eran las “escaleras de primaria”. Las otras dos eras las de secundaria. Las miró. Su estructura seguía siendo sólida y continuaba teniendo los pasamanos de ¿acero? pintado y grandes vigas que nacían en la planta baja y llegaban hasta el segundo y anteúltimo piso. En el tercer piso recordaba que se encontraba el hogar de la encargada del edificio. Esas vigas habían sido durante varios años, la base de su diversión. Bajaba corriendo la escalera (por mas que las maestras dijeran que no lo hagan) y antes de llegar a un descanso, se tomaba de esas vigas y pegaba un “gran” salto que lo hacía evitar tres o cuatro escalones para caer sobre el descanso. Los otros segmentos de escalera los recorría de la misma forma. Eso le permitía ir del primer o segundo piso a la planta baja en unos segundos. Era muy divertido. Sus ojos se humedecieron con el recuerdo.

- Este patio tiene muchos recuerdos para mí, ¿sabe? - dijo el viejo con voz entrecortada.
- Me imagino.
- ¿Ve? Allá recuerdo estar jugando con uno de esos relojes de pulsera que tenían un jueguito electrónico. Acá recuerdo estar entrando a un acto el cual fue en el único acto en el que estuve como escolta de bandera. - sonrió - Fue en séptimo grado. Debut y despedida. - la mujer sonrió - No se ponga tan contenta. En esa época los abanderados eran de un curso de séptimo por vez. El mejor alumno de mi clase iba a ser abanderado, pero como le tocaba al otro curso buscaron a un substituto y me pusieron a mí - levantó una ceja - ¿Ve? Fui el mejor… después del mejor, ¡je!
- Debió estar orgulloso
- No tanto, creo que mis padres lo estaban más, obviamente. El nene en la bandera, parece que va bien - volvió a sonreír - Y era verdad, o casi…

El viejo miró a lo lejos y vio el pequeño escenario que seguía en el mismo lugar de siempre. Tenía unas cortinas muy discretas y en perfecto estado. A un costado, un viejo piano juntaba polvo.

- ¿El piano no se usa?
- No, hace tiempo que se dejó de lado. Las autoridades prefieren una versión grabada de los himnos patrios. - dijo la señora mientras se rascaba la cabeza.
- En mi época la profesora de música tocaba el himno y siempre se equivocaba… O ponían un disco que estaba rayado o un cassete que se le trababa la cinta.
- ¿Un cassete?
- Si, un cassette. Esos cuadraditos de plástico que tenía una cinta dentro.
- Ah, si. No lo recordaba. Cuando yo era joven ya no había de esos. - aseguró mientras negaba con la cabeza.

Cruzaron el patio hasta llegar a la puerta que estaba del otro lado. La misma conducía hacia otro patio, descubierto este. Era pequeño y servía como patio tanto para primaria como para secundaria. Además comunicaba al otro patio cubierto, a un par de aulas de primaria (las únicas en la planta baja) y al gimnasio.

- ¡El gimnasio! - el viejo se apresuró a llegar hasta él - Cuando empecé a estudiar acá el gimnasio no existía - contaba alegremente -. Es mas, era un patio descubierto con el piso plagado de piedritas tipo canto rodado, ¿vio? - hacía un circulito con los dedos. - ¡No sabe el estado en el que quedaban mis pantalones de gimnasia!
- Su madre, chocha…
- Je, si. Incluso recuerdo mi primer día de gimnasia. Íbamos a jugar al fútbol. Nos diferenciaban con cintas de colores durante todo el año. Mi equipo era el amarillo. Nos organizamos para jugar y decidieron que Ocampo (¿qué será de la vida de Ocampo?) fuera al arco. - el viejo relataba mientras se le iluminaban los ojos - Ocampo era muy bajito. Recuerdo que les dije, si quieren voy yo. ¿Sabés atajar?, me preguntaron. Algo, respondí. Desde ese día era uno de los que siempre iba al arco. - dijo con una sonrisa.
- ¿Atajaba bien?
- No, un desastre. Pero el resto era peor - dijo riendo. - Tuve un par de días iluminados que sirvieron para que me consideren por lo menos para atajar, nada más - y le guiñó un ojo de manera cómplice.

Ambos sonrieron y siguieron caminando. Llegaron hasta el pie de una de las “escaleras de secundaria” que conducía al primer piso. El viejo se detuvo pensativo y miró hacia arriba. Mantenía su forma sólida, con pasamanos de ¿cemento? ¿piedra? Paso a paso empezaron a subir las escaleras. La señora tomaba de un brazo al viejo que con el otro se tomaba del pasamanos. Paso a paso; escalón a escalón. Una oleada…

El sol entraba por las ventanas de las escaleras mientras muchos chicos bajaban por las mismas precedidos por sus maestras. Todos con sus mochilas coloridas al hombro y con una sonrisa debido a que ya se iban para su casa. El sol se transformó en oscuras nubes…

Llegaron al primer piso.

- Antes de empezar a cursar en este colegio, vine con mi madre a ver al vicedirector. - le hablaba a la señora sin mirarla - Un hombre extremadamente pulcro y recto. Mientras esperábamos que nos atendiera, dos chicos fueron llevados a la dirección por portarse mal. Ellos también esperaban. - tenía la vista perdida mientras miraba hacia el pasillo que conducía a la dirección - Tiempo después me enteré que esos chicos iban a ser mis compañeros de clase y uno de ellos iba a ser uno de mis mejores amigos.
- ¿Los siguió viendo?
- Uno de ellos le perdí el rastro en séptimo grado. Nunca supe que fue de él - internamente tampoco le importaba - El otro estuvo cerca de mí durante muchos años, pero sabe como es esto, ¿no? Un día las vidas se separan y nunca más nos volvimos a ver. - Su cara mostraba preocupación - Me gustaría saber que habrá sido de él. - Subió la cabeza para mirar hacia el segundo piso - ¿Subimos? Tengo más recuerdos de la secundaria que de la primaria.
- Vamos.

Volvieron a subir las escaleras lentamente, en silencio. Se podía escuchar el eco de las pisadas rebotar por las paredes del establecimiento. El viejo estaba temblando; no sabía si iba a poder resistir el próximo paso. La señora lo ayudaba.

- ¿Se siente bien?
- Si, si. Estoy un poco nervioso, nada más.
- Cuénteme, ¿la pasó bien mientras estuvo en este colegio?
- Creo que como todo tuvo sus altibajos. Momentos muy felices y momentos tristes. - Llegaron al descanso y encararon el último tramo. - Creo que todos hemos tenido momentos lindos y feos, ¿no?
- En mi caso cursé a distancia - el viejo la miró sorprendido -. No me mire así, no tenía otra opción. No hice amigos en el colegio ya que nunca fui a uno.
- En realidad mis amigos no pertenecen al colegio, a excepción de un par - apuró el paso para terminar de subir -. Mis grandes amigos eran del barrio.
- ¿Era buen alumno en el colegio?
- No lo se. Quizás para los más estudiosos yo era muy mal alumno, pero para los “malos de la clase” yo era un “traga” - reía -. Usted comprende como son los chicos, ¿no?

Llegaron al final de la escalera. Por primera vez en años pisaba ese segundo piso que transitó durante cinco años en su juventud. Miró hacia la derecha, un amplio pasillo se extendía hasta perderse de vista en medio de la penumbra. Recordaba que la puerta que estaba allá pertenecía al salón donde se reunían profesores y preceptores. Ir ahí significaba que algo malo habías hecho… o que te pidieran que trajeras un mapa. Un poco mas cerca por el mismo pasillo, sobre mano izquierda, había un par de aulas.

- ¿Ve? - señalaba el viejo -. En la primer aula cursé primer y tercer año - miró hacia el otro lado y señaló a la izquierda - y ahí cursé quinto año - luego señaló a la derecha - y para allá cursé segundo y cuarto. ¡Que bellos recuerdos! - la mujer sonrió -. Recuerdo que en primer año el preceptor era una de las personas mas malas que había visto. En ésa época nos hacían firmar un cuaderno cuando nos portábamos mal, y cada cierta cantidad de firmas, te amonestaban. Si teníamos alguna hora libre, no nos dejaba ni hablar.
- ¡Que mala persona!
- ¡Malísimo! De más grande me lo he cruzado por la calle varias veces, pero claro, él no creo que me haya reconocido - hizo una mueca de desinterés -. En estas aulas me he reído, me he peleado, avergonzado, he llorado, he odiado, he sufrido y mil cosas más. Siempre fui bastante bueno en matemática pero el resto de las materias por momento me han costado bastante. Odié a mi profesora de Historia de segundo año; odié a mi profesora de Biología de cuarto año; odié a mi profesora de Física de tercer año; al profesor de Contabilidad de segundo año. Tuve buenos profesores también, no se crea. El mejor recuerdo lo tengo de mi profesor de Historia de primer año. Él fue el primero que me convenció de la no existencia del año cero… - la señora lo miró con cara de no entender - … deje, deje. Tengo la manía de hablar de cosas que a nadie le interesan.
- A mí si me interesan.

El viejo sonrió. Sus ojos se volvieron a perder en las penumbras y cientos de voces empezaron a retumbar en su cabeza. Voces de jóvenes que se mezclaban entre si. El viejo escuchó frases que hacía mucho que no escuchaba: “ametralletadora”, “catogce”, “comisería”, “patas para abajo”, “¡COMERCIO!”, “¡Masacre!”, “no somos todos, somos algunos”, “… con paz y bien!”…

Silencio…

- Extraño muchas cosas de esos días, - comentó el viejo - cosas que se que nunca mas volverán. Durante mis años de niño y joven tuve el sueño de terminar de estudiar. Tres o cuatro años de jardín y preescolar, siete años de primaria, cinco de secundaria y diez de universidad; una vida. Mis recuerdos reviven hechos y situaciones con personas que fueron durante muchos años la base de mi entorno. Personas de las cuales he aprendido como relacionarme con otras personas. Hay compañeros que nunca más vi; que nunca supe que fue de ellos. Quizás parte de la tristeza que por momento me embargó está marcada por el hecho que los años subsiguientes a que terminé la secundaria empecé a ver como nuestros caminos se iban abriendo de distintas formas. ¿Sabe?, hasta que nos recibimos teníamos todos un objetivo en común: terminar el colegio. Estábamos en la misma aula, compartíamos los mismos pupitres, nos reíamos juntos, nos tirábamos tizas (¡Si me habrán amonestado por tirar tizas! Era una tentación demasiado fuerte para evitarla), compartíamos los mismos recreos (”¡Quiero una factura calentita!” ).
“Luego de recibirnos los destinos fueron cambiando. Algunos nunca terminaron la secundaria o la terminaron en otros colegios; la mayoría seguimos carreras diferentes, pero mucho no siguieron ninguna carrera. ¿Qué le parece si le digo que algunos de los mejores alumnos del aula terminaron con trabajos comunes y corrientes que no significaban ningún tipo de desafío intelectual?
- Me parece una lástima
- ¡Exacto! Estudié durante años para darme cuenta luego que el éxito profesional (si se lo puede llamar éxito) no depende de cuanto uno estudie o que tan inteligente sea.
- ¿Y de qué depende?

El viejo miró a la mujer y sonrió.

- Ojala hubiera una fórmula. Acá, por estos pasillos, había jóvenes soñadores que tenía un mundo por delante, por el cual luchar… Estudiaban en pos de un objetivo que algunos pudieron cumplir y algunos no. Pero con el correr de los años cada uno hizo lo que pudo. He visto a grandes estudiantes caminando por la calle diciéndome que se iban a ir del país porque como no habían seguido ninguna carrera no tenían buenas oportunidades. O he visto a otros poner un negocio y trabajar de lunes a lunes para poder comer. Por otro lado me he cruzado con alumnos “no tan buenos” que han obtenido progresos realmente increíbles. Y otros que han caído en pozos de los cuales nunca salieron.
- ¿Y en la vida?
- Muy buena pregunta. No se. Nunca les he preguntado si fueron felices.
- Bueno, los que han tenido éxito quizás hayan sido felices.
- Recuerde que el dinero no hace necesariamente la felicidad - acusó el viejo.
- Pero ayuda - rió la mujer mientras el viejo la miraba serio
- No, no ayuda. Y no es un chiste - sentenció con voz grave. La mujer se puso seria.
- Perdón, era solo un chiste
- Un chiste que todo el mundo hace, pero que no comprenden las consecuencias de semejante chiste.
- ¿Qué consecuencias?
- Deje. Sigamos caminando.

Caminaron por uno de los pasillos hasta llegar al aula que el viejo había ocupado en su último año de escuela. Entró despacio y recordó los gritos, los juegos, los nervios y tensiones. El lugar casi no había cambiado. Los pupitres eran modernos, casi “de última generación”, de color uniforme. Estaban todos en tres filas dobles; los contó. Eran 40 lugares. Las paredes estaban pulcras al igual que los vidrios. Las terminaciones del lugar eran ligeramente diferentes. Como si fueran… más… modernas.

- Todo sigue igual… o casi. Quizás una de las cosas que más extrañé de aquella época sea el bajo grado de responsabilidad. Cuando uno tiene 15 años sus preocupaciones son muy pocas. Luego todo se complica: esposa, hijos, obligaciones, trabajo, impuestos, bla, bla, bla… Siempre añoré con volver a tener ese brillo en mis ojos. ¿Sabe de qué brillo le hablo?
- … - la mujer lo miró con extrañeza.
- Ese brillo que tiene uno cuando es niño y que a medida que pasa los años vamos perdiendo y nunca más vuelve. Ese brillo que nos muestra soñadores, alegres, felices ante el mundo que se nos viene, con ganas de crecer y ser independiente… hasta que llega ese momento y nos damos cuenta que entramos en una celda de la cual no podemos salir nunca más.
- No sea tan pesimista. De esa celda se puede salir si se quiere.
- ¿Sabe?, me hubiera gustado salir de ella, pero no se. Quizás tuve que ser más atrevido e intentarlo… o quizás nunca tuve la oportunidad de intentarlo. A medida que pasan los años las posibilidades se achican y cuando uno se quiere dar cuenta, ya no hay vuelta atrás.
“Recuerdo una frase que decía: ‘You are young and life is long and there is time to kill today. And then one day you find ten years have got behind you. No one told you when to run, you missed the starting gun’
- ¿Cómo?
- Algo así como que uno es joven, la vida es larga y hay mucho tiempo para desperdiciar. Pero un día uno se da cuenta que han pasado diez años y nadie le avisó cuando empezar a correr. ¿Comprende? Nadie me avisó y me encontré con muchos más años de los que deseaba y ya no tenía vuelta atrás.
- Me asusta.
- No se asuste, esté atenta y disfrute cada momentito que pueda. La felicidad no se basa en estar feliz todo el tiempo, sino en disfrutar esos pequeños momentos de felicidad que la vida nos regala y utilizarlos como escudo para afrontar todo el resto del tiempo. ¿Bajamos?

Empezaron a bajar lentamente, en silencio. La mujer ayudaba al anciano a pisar escalón por escalón.

- ¿Y usted? ¿Fue feliz?

El viejo se quedó en silencio, con los ojos cerrados, pensativo, buscando una respuesta que describa su pasado. Sintió que sus ojos se le humedecían. Por primera vez en su vida iba a responder esta pregunta en el momento indicado de su vida. Por fin iba a decir una frase en el momento correcto, cuando tiene que ser, cuando todos los años de experiencia le permitieran decirlo con conocimiento de causa, habiendo visto, sentido y experimentado todo lo que debía ver, sentir y experimentar en su vida. La mujer lo miró en silencio.

- Muchísimo - hizo una larga pausa mientras abrió los ojos que no se permitían soltar las lágrimas que se acumulaban -. De chico pensé que iba a ser exitoso en mi vida profesional. De mas grande me di cuenta que necesitaba ser exitoso de mi vida interior. Me di cuenta que el dinero no significaba nada para mi, mas que darme alguna que otra alegría material pasajera. Formé una familia con la mujer que hoy en día sigo amando, tuve hijos a los cuales adoro y creo haber sido el mejor padre que pude. Incluso ya tengo tres nietos que son mi debilidad. Ellos se me suben en mis rodillas y me preguntan “como era la vida en el milenio pasado”. Yo les cuento y ellos se asombran de lo precario de nuestras vidas en aquella época. Les cuento y ellos me escuchan, me admiran, no como un hombre de negocios exitoso, sino como un abuelo en vías de ser exitoso como eso: abuelo. Nunca me arrepentí de poner mi alma por sobre el resto de lo material. Nunca fui un exitoso. Nunca fui un fracasado. Digamos que quizás fui un gran mediocre… Y está bien; y me alegro de serlo. Quizás como en la vieja película de Mozart en donde Salieri se autoproclama como un mediocre… Claro, nunca fui siquiera cercanamente bueno como Salieri, pero bueno, el concepto está ahí. Pero, ¿sabe que? El día que me muera quiero que mis hijos y mis nietos sientan por mi lo que yo sentí por mi padre: orgullo de tener el mejor padre que una persona puede desear.
- Son muy lindas palabras.
- No, no son palabras lindas. Son palabras cargadas de verdades.

Llegaron nuevamente hasta el portón que separaba el hall de entrada de la calle. El viejo se dio vuelta, tomó la mano de la señora y la miró a los ojos. Sus miradas se quedaron cruzadas durante un momento en donde ella vio miles de imágenes que se reflejaban en los marrones ojos del viejo.

- Gracias - dijo él - por permitirme volver a vivir algunos momentos de mi juventud.
- No. Gracias a usted por permitirme acompañarlo en este pequeño viaje.
- ¿Sabe qué?
- ¿Qué?
- Viva. Viva siempre. Viva siempre feliz. Disfrute cada pequeño momento de su vida ya que la misma termina siendo corta - se le quebró la voz -. Algún día, cuando usted tenga mi edad, va a recordar mis palabras.
- Mucha gente dice que hay que vivir la vida ya que la misma es corta.
- No, usted no me entiende. No le estoy diciendo que viva la vida, le estoy diciendo que lo haga, de verdad. Hágalo. Intente dejar un recuerdo en los corazones de los demás. Haga que se sientan orgullosos de usted, por más que no tenga nada material para dar. Brinde alegría y amor. Permita que durante las próximas generaciones, sus seres queridos sigan hablando de usted. Ese es el mejor legado que se puede dejar en este mundo.

La mujer lo miró con los ojos vidriosos. No tenía palabras para responderle.

- No se que decirle - alcanzó a decir.
- No diga nada - la miró con una sonrisa - quizás esté equivocado. Píenselo.

El viejo se despidió, abrió la puerta y salió al frío día. El viento lo tomó de improvisto y lo obligó a cerrarse el sobretodo y a pasar su bufanda por el cuello y la boca rápidamente. Se dio vuelta y le hizo un gesto con la mano izquierda a la mujer para despedirla. Luego dio media vuelta y empezó a caminar hacia la esquina. La mujer lo veía irse, cuando de repente recordó y le gritó:

- ¡No me dijo su nombre!

El viejo sonrió, dio media vuelta y movió sus labios lentamente, casi imperceptiblemente, en voz baja… La mujer no lo oyó.

Siguió su camino. El frío se hacía sentir en sus manos las cuales guardó en los bolsillos de su sobretodo. En ese momento la voz de su padre retumbó en sus oídos:

- “No camines con las manos en los bolsillos. Si te llegas a tropezar y a caer, no tenés como amortiguar el golpe.”
- Si, papá - pensó y sacó las manos del bolsillo -. Todavía recuerdo cada una de tus palabras y eso siempre te lo voy a agradecer.

Refritando

Tuesday, March 8th, 2005

Esto lo escribí hace un tiempito (13 de septiembre de 2004).

Crónica de un viaje por los túneles de la duda… luminæ II

Todos sabemos lo difícil que se hace intentar conversar con una persona cuando se tocan ciertos temas. Muchas veces discutimos y decimos que la verdad es A pase lo que pase y caiga quien caiga. Y Muchas veces escuchamos asombrados como la otra persona jura y perjura que la verdad es B. Discutimos, gritamos y terminamos dando razones, muchas veces estúpidas, para intentar mantener nuestra verdad.

Les comento algo que me pasó el viernes en plena vuelta a casa…

Como todos los días desde hace mas de 5 años, volvía a mi casa en subte. Tomé la línea C en la estación San Martín. Mi idea, como todos los días, tomar el subte de esta línea y luego hacer combinación con la línea A para ir hasta la estación que queda a dos cuadras de casa: Castro Barros. Usé la linda tarjetita de cartón para pasar por el moderno molinete de Metrovías y, mientras bajaba las escaleras hacia el andén sonó ese molesto sonido que nadie quiere oír cuando quiere volver rápido a casa: “Ding-Dong!!”. No!!!, dije, algún problema con alguna línea. Ahora van a decir que los trenes están demorados, que alguna línea no anda, o que me tengo que comer una cola de media hora para tomarme un colectivo repleto de gente y tardar una hora para hacer el recorrido de 4 Kms desde el trabajo a mi casa… Obviamente tuve el sentimiento egoísta que todos tenemos y pensé: “Que no sea ninguna de las líneas que uso”.

“Metrovías informa que por razones ajenas a nuestra voluntad, los trenes de la línea A no se detienen en la estación Congreso. Disculpe las molestias ocasionadas.”

Lo primero que hice al escuchar el mensaje mientras bajaba las escaleras fue darme vuelta y mirar hacia los molinetes y ahí estaba, el famoso cartel blanco con una letra A grandota de color celeste y abajo, un cartel de papel blanco escrito a mano que rezaba: “No para en Congreso”. Que bárbaro, me dije, estaba el cartel ahí para que todos lo viéramos y yo ni lo vi…. y bue… si tuviera que ir a Congreso me hubiera querido matar… o simplemente me bajo una estación antes, Sáenz Peña, y camino unas cuadras, nada mas.

Bueno, dije, pese a que es la línea que uso siempre, la estación Congreso es solamente una por las las que yo paso. Con lo cual, mi viaje a casa iba a ser un poquitín mas rápido.

Cuando llegué al andén y caminé por él buscando algún lugar “semi-libre” volvió a sonar la campanita famosa… “Ding-Dong!! Metrovías informa que por razones ajenas a nuestra voluntad, los trenes de la línea A no se detienen en la estación Congreso. Disculpe las molestias ocasionadas”. Si, pensé, ya te escuché…

Mientras esperaba, me puse a ver los televisores que hay en los andenes (esos que casi nunca se escuchan nada por culpa del ruido y que, de vez en cuando, nos muestra imágenes subtituladas para ayudarnos a entender que es lo que pasa…). En la parte superior de la pantalla, un lindo cartelito digital profesaba: “Línea A: no se detiene en la estación Congreso”. Bien… ya estaba mas que seguro que en esa estación el subte no paraba… “Ding-Dong!!!”… Otra vez?

Llega el subte y me lo tomo…

Mientras la formación recorre los oscuros y húmedos túneles que cruzan la ciudad bajo tierra, yo me abstraigo del planeta con mis auriculares… “Oh, happy day… oh, happy day… when Jesus washed… oh… when Jesus washed… he washed my sins away…”

Cuando llego a la estación Avenida de Mayo, bajo velozmente; quería llegar a casa rápido. Justo cuando estaba bajando escucho un “… Congreso. Disculpe las molestias ocasionadas”. Uy… acá también los están martirizando…

Mi recorrido por los túneles de la combinación de líneas lo hago de manera veloz, pero sin correr. No me gusta ser de esas personas que corren el subte. Pero como iba con prisa, aceleré el paso. Pasé por las boleterías de la línea C y vi el mismo cartel que había en la estación en donde subí… con el mismo fondo blanco, la misma letra A en celeste y el mismo papelito blanco escrito a mano que decía el mismo mensaje que su hermano… pero con otra letra… ;)

Obviamente que cuando estaba al final de este túnel se escuchó a lo lejos un “Ding-Dong!!!”… Si… ya lo sé…

Cuando llego al andén de la línea A lo recorro de punta a punta. Siempre viajo en el primer o segundo vagón… aunque no siempre. Pero esta vez tuve tiempo de hacer todo el camino hasta la punta. En la mitad del andén los parlantes de la estación empezaban a aullar… “Ding-Dong!!!” Al mismo tiempo miro hacia la boletería de la estación y veo al hermano de los otros dos carteles: “No para en Congreso”. Alcoyana-Alcoyana…

Para todo esto se me cruzó por la cabeza: “Que pasó en el Congreso? Alguna marcha? Ya veré cuando llegue a casa”….

Bien… llega el subte y subo a él, en el primer vagón, como casi siempre… Me quedo parado enfrente del guarda, cierro los ojos y disfruto del viaje… y de mis auriculares… “Oh, happy day…”.

Entre toda la fauna que viajaba conmigo como compañeros de viaje había un grupo de señoras que hablaban como si fuera el último día de sus vidas: “cu, cucucu, cucu, cucu, cu, cu…”, decían… Unas máquinas de largar palabras, una tras otra… Muy dentro mío pensaba: “tendrán sentido? O solo es por una cuestión de hablar?”

Yo me tomo el subte en la estación Lima, la 4° del recorrido desde Plaza de Mayo. Cuando llegamos a la estación Sáenz Peña, que es la 5° y es, como ya dije (no leyeron?) la estación anterior a la famosa Congreso, una vez mas escuché en mis oídos ese bello sonido que ya estaba extrañando: “Ding-Dong!! Metrovías informa que por razones ajenas a nuestra voluntad, los trenes de la línea A no se detienen en la estación Congreso. Disculpe las molestias ocasionadas”. La cantidad de gente que bajó en Sáenz Peña fue mucho mas de lo normal. Se notaba que toda la gente que bajaba en Congreso lo estaba haciendo una estación antes… o eso creía yo.

El subte arranca (no sin antes dejarme en mis oídos una estela de “Ding-D…”) y en eso, una de las señoras que cotorreaba se levanta, saluda a sus amigas y encara para la puerta que custodiábamos como dos gendarmes el guarda y yo… Me preguntaba: “el subte seguirá de largo como vino profesando desde hace casi media hora? Se habrá solucionado todo y parará? Pasaremos por la estación y veremos que fue tomada por seres extraterrestres que se comen a sus víctimas y usan las tarjetitas de cartón como cucharita para comerse su cerebro?” La ansiedad me mataba… (bueno… no tanto ;). Pero esa señora esperando… que esperaba? Bajarse en la siguiente? Esperaba un milagro? Se iba tirar por la ventanilla?

Y el subte, obviamente, no paró…

Pasó a la estación como alambre caído… Mire para las boleterías y vi que había un policía tomando en una tacita algún tipo de brebaje (café? te? mate?) y las puertas de las escaleras estaban cerradas. Era verdad!!! El subte de la línea A NO paraba en la estación Congreso!!!!! Me sentía feliz de ver como una información que me taladró el cerebro durante todo el viaje era real!!! (bue… no tanto… ;)

En ese momento, comenzó este texto que estoy escribiendo…

… la mujer le pregunta al guarda: “No para?”

La miré a la señora preguntándome de donde había venido? (De que galaxia viniste, barrilete cósmico?). Quizás ella había nacido dentro del vagón y nunca se enteró de nada, quizás es como la película Moebius y estaba en trance en el subte y no había visto ni escuchado nada de lo que había ocurrido en estas líneas de transporte en las últimas horas/minutos…

- No, señora, no para en Congreso - le dijo el guarda.
- COMO QUE NO PARA? Por que no avisan?
- Señora, hace varias horas que está cerrada la estación. - el guarda me mira de manera cómplice…
- A mi nadie me avisó nada - (señora, buscó en el buzón de su casa?) - Me tomé el subte en Plaza de Mayo (la primera estación del recorrido) y no había nada que dijera que no paraba en Congreso. Que falta de respeto!!! Que vergüenza!!! A donde vamos a llegar como país!!!
El guarda la miraba resignado… y me miraba a mi riéndose. -Señora, hace rato que están avisando. Miré, ve? En las boleterías hay un cartel que avisa del problema (si!!!! estaba señalando a otro hermano casi gemelo del famoso cartelito blanco y celeste).
- No puede ser - seguía vociferando la señora - Cómo puede ser? - les preguntaba a sus amigas que, obviamente, se quejaban a la par de la señora.

Cuando llegamos a la estación siguiente apareció mi bien amada campanita “Ding-Dong!!!”.

- Ve señora? - dijo el guarda - Me están volviendo loco anunciando esto por los altoparlantes desde hace un par de horas.
- No, no. Yo cuando subí al subte en Plaza de Mayo nadie avisó nada.
- Hasta en los televisores hay avisos - (si, si… doy fe).
- No, no… no avisaron
- Si, señora
- No, no…
- ….
- No y no… no avisaron…

Y la señora se fue meneando la cabeza de un lado a otro diciendo: “no, no…no, no… no, no…” El guarda se rió, me miró, hizo sonar el silbato, cerró las puertas, y el viaje continuó…

Me quedé pensando en que había pasado con esa señora y se me vinieron varios temas a la cabeza:

1) Puede ser que no hayan avisado en la estación Plaza de Mayo que el subte no paraba en Congreso. Mi experiencia personal de DÉCADAS de subte me hace pensar que es difícil que esto haya sido así. La línea sonora en los altoparlantes es única (aunque a veces anden mal o no anden). La señal televisiva es única (aunque a veces no funcione) y los carteles en las boleterías son un clásico de los subtes. Y si es verdad lo que dijo el guarda de que hace horas que están sin parar en Congreso, el aviso a todas las boleterías era ya un hecho.
2) Quizás la señora entró apurada al subte con sus amigas y no vio el cartel, ni tuvo la “suerte” de escuchar el “Ding-Dong” ni de ver la televisión… puede ser…

PERO… (acá es donde se me hizo la luz) viajábamos en el PRIMER vagón de la formación!!!. En la estación Plaza de Mayo, si no me equivoco, las escaleras de entrada al subte están a la altura de la cola de la formación, en la parte de atrás, debido a que en esos días, las escaleras “delanteras” estaban cerradas por reparaciones. Es decir que la señora bajó las escaleras, uso la famosa tarjetita y recorrió TODO el andén hasta llegar al primer vagón de la formación. Les puedo asegurar que es prácticamente IMPOSIBLE que no haya escuchado el “Ding-Dong” con la información referente a Congreso. (y mas tomando en cuenta la frecuencia frenética de repetición de la información)

Me pongo a pensar: que fue lo que pasó? Quizás entró al subte charlando con sus amigas totalmente abstraída de la realidad. No miró a la boletería (a mi también me pasa), no vio la televisión con esa información (normalmente esos televisores, si es que andan, tienen el estado del servicio… es bueno pegarle una ojeada si se puede) y, si sonó, nunca prestó atención al “Ding-Dong” con su jugosa información. Y eso pese a que tuvo tiempo de recorrer TODO el andén de punta a punta para situarse y sentarse en el primera vagón.

Y la señora decía: “no, no… no avisaron…”

Que bárbaro, no? Ella estaba segura de la falta de aviso, totalmente segura, absolutamente segura. Después de esto puedo dar un… 99,9% (por decir un número) de probabilidades de que SI hubo aviso y que ella NUNCA recibió esa información de manera conciente.

Ella perjuraba que la verdad era A y el guarda le decía que era B y ella NO le creía al guarda…

Cuantas veces en nuestras vidas, cuando discutimos algo, estamos 100% seguros de que algo es así, tal cual lo vemos? Pero, estamos 100% seguros? O CREEMOS estar 100% seguros? Y si estamos equivocados?

Vieron eso que SIEMPRE discuten con alguien en donde uno dice: “… esto es así, pero a XXXX no le entra en la cabeza que la cosa NO es como él dice”… Y si el equivocado es uno y no XXXX? “Pero si XXXX está TOTALMENTE equivocado!!!!!!”… Quizás no…

Castro Barros!!! Mi estación!!! Me bajo, subo un poquito el volumen y vuelvo a abstraerme mientras pienso: “Esa señora estaba TOTALMENTE equivocada…”… pero una voz interior me decía: “O quizás no, Martín… o quizás no…”

“Oh happy day…”