La degeneración del poder

Mientras viajaba hoy a la tarde en taxi, escucho una noticia en la radio que me interesó mucho. Llegué a casa y me puse a leer un poquito sobre el tema. Hay varios artículos interesantes, en especial éste escrito por Isabel Lantigua para el diario El Mundo (de donde saqué varias ideas para este post).

David Owen es un ¿ex?-político británico, fundador del partido social demócrata británico, el cual en 2008 publicó un libro llamado “In Sickness and in Power: Illness in Heads of Government During the Last 100 Years”.

Owen estudió la mente de los políticos durante varios años, incluyendo su propia experiencia en el medio, para llegar a los resultados expuestos en su libro. En él plantea un desvío en la manera en la cual actúan los políticos que él denomina el Síndrome de Hibris (en castellano o “Hubris” en inglés). Esta palabra significa, en griego, ‘desmesura’ y alude a tener demasiada confianza en sí mismo. Este síndrome, no reconocido todavía por la medicina, es, según sus conclusiones, el por qué de las decisiones “enfermizas” que toman los políticos.

Para resumirles el tema, toda persona “normal” que llega al poder (reyes, faraones, príncipes, presidentes, primeros ministros, etc.) comienzan teniendo dudas sobre sí mismos y su capacidad ante las situaciones que les plantea el poder. Luego empiezan a recibir aprobación por parte de su entorno (el famoso entorno “chupaculo” que asienten con la cabeza a toda decisión por una cuestión de interés). Esta aprobación les permite, poco a poco, obtener beneficios de todas formas y colores. Imaginen si a cada cosa que decimos, todos responden “si, señor” o “muy bien” o “excelente idea”… Poco a poco nos sentimos Superman.

Acá es donde se entra en la llamada ‘ideación megalomaníaca’ que genera que esta persona empiece a sentirse casi omnipotente y encare proyectos faraónicos. Incluso puede ponerse a hablar en conferencias sobre temas que desconoce o solamente “toca de oído”. Claro, su entorno lo va a aplaudir y a aprobar una vez más.

En este momento, a mi entender, se entra en un estado del cual no hay retorno. Todos los gobernantes en la historia del mundo han tenido críticas y oposiciones. Sin embargo, las personas con este síndrome comienzan a responder a las críticas de manera ‘poco saludable’. Es decir, no aceptan críticas, sino que las rechazan de manera ‘violenta’. Acá es donde comienzan a tomar a las críticas como temas personales y acusan a sus críticos de enemigos. Se vuelve una paranoia. Empiezan a sospechar de todos los que lo critican y se oponen a sus acciones como enemigos personales. Se sienten perseguidos, atacados, totalmente enfermizos. Quien no está a su favor, está en su contra (algo muy común en cualquier régimen opresivo, ¿no?). Poco a poco esto genera un aislamiento de la sociedad. Dejan de escuchar, dejan de oír, dejan de saber qué es lo que ocurre en la realidad. Ellos tienen la razón, son perfectos en todo lo que hacen y nunca se equivocan. Narcisismo en su máxima expresión.

El estado a esta altura es grave: se creen poseedores de la verdad absoluta, toda persona que los critique es su enemigo, siente que todo aquél que no lo apluda está en su contra, entra en un estado de paranoia en donde no entra en razones. Actúa, y si su entorno está en contra de sus decisiones, comienza a “cortar cabezas” y a cambiar de entorno buscando “aliados”. El grito del pueblo es cada vez más ignorado y lo toma como “intereses de la oposición” y que “todo está armado para ‘voltear’ al gobierno”.

¿El resultado? Jefes de Estado absolutamente sordos, ciegos, que se creen omnipotentes, casi dioses y que “sacan-su-espada-para-cortar-las-cabezas-de-todos-sus-enemigos”. Hace varios siglos atrás, la espada la sacaban literalmente. Hoy en día, metafóricamente la siguen blandiendo. Algunos, en algún momento vuelven a la realidad (”Némesis”), gracias a algún fracaso importante (una derrota electoral, por ejemplo).

Conociendo lo poco que sé de historia y viendo la actualidad del mundo me doy cuenta que esta forma de actuar de los gobernantes es tal cual lo investigado por Owen.

Vos, que lees este artículo, pensá en el o los gobernantes que están a tu alrededor. ¿No los notás con este síndrome? ¿No notás que toman decisiones yendo, incluso, en contra de las leyes o de la Constitución? ¿No notás a dichas personas en un estado de narcisismo extremo? ¿No lo escuchás prometiendo obras imposibles de cumplir? ¿No los notás casi omnipotentes, sordos y ciegos de la realidad de un país, paranoicos ante la crítica y la oposición, con aires casi divinos? Esto se puede aplicar a casi cualquier gobernante que haya existido o que exista actualmente.

Al parecer, el poder genera esto: Hibris, tener tanta confianza en sí mismo gracias al poder, que el mismo se degenera en una acción casi fascista. En la antigüedad, los reyes estaban toda su vida en el poder y los ejemplos de estas personas que se creían enviados de Dios abundan. En la actualidad, el poder está pseudo-limitado a cierta cantidad de años pero estoy casi seguro que si a un político lo nombramos presidente de por vida, en unas décadas estaremos adorando a un dios, el cual, si lo criticamos, nos hará perder la cabeza en el primer momento que considere oportuno.

Me pregunto, ¿existirá una manera de evitar algo así? ¿Se le podrá dar a una persona el ‘poder’ de tomar decisiones evitando que se le suba el humo a la cabeza? ¿Sirve darle el ‘poder’ a una persona y que le permita llegar a semejante estado paranoico? ¿Cómo podemos hacer, como sociedad, para encontrar un método que nos permita tener a ciudadanos elegidos que tomen decisiones por nosotros, pero ese poder no degenere su accionar? ¿Existirá ese método? ¿Se podrá aplicar?

Mientras tanto, ¿cómo hacemos para que los políticos bajen a la realidad y escuchen, oigan, vean, comprendan y aprendan? ¿Cómo hacemos para que tengan humildad y sepan decir palabras como “me equivoqué” o “disculpen”?

¿Evolucionaremos lo suficiente para llegar a esto?

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