Tema elegido al azar: Curtiembre.
Siempre pensó lo mismo: no le quedaba otra. Cuando era joven la necesidad lo hizo buscar algún trabajo que le permitiera subsistir. Sin haber conocido nunca a su padre y teniendo una madre enferma tuvo que abrir la ventana y enfrentarse al mundo. Intentó de todo: albañil, pintor, plomero, changas, etc. Ninguno le duraba o le redituaba lo bastante como para poder estar tranquilo. No vivía al día, vivía al minuto. Recordaba con añoranza esos jóvenes días en donde creía que se podía llevar el mundo por delante; sentía aún la dulce memoria de la despreocupación. Gastaba lo poco que ganaba en cerveza y cigarrillos y cuando murió su madre el descontrol aumentó. Trabajaba unos días, cobraba unos pesos y luego se desentendía del mundo. Poco recordaba de esos días; apenas el momento en donde se sentaba en el bar de siempre para pedirle a su amigo, el mozo, que le trajera una cerveza. Su siguiente recuerdo era en algún lugar, con suerte en su casa, en donde la resaca y el dolor de cabeza dominaba la escena. Revisaba sus bolsillos y sólo encontraba mugre. Tenía que volver a buscar un trabajo.
Su vida se mantuvo con la misma rutina durante algunos años. Sabía que nada podía a cambiar el rumbo de los hechos: era un perdedor y como tal vivía su vida.
Hasta que llegó ella.
No sabía muy bien como la conoció, pero había hablado con ella varias veces en el bar de siempre. Siempre tomaba cerveza en grandes cantidades y para él era como tener un compinche de rondas. Varias veces se despertó con ella durmiendo a su lado. Nunca le interesó mucho… hasta que ella llegó con la noticia del embarazo. Al prinicipio él no tuvo respuesta ya que nunca había pensado que hacer ante algo así. Primero pensó que buscar a alguien que se lo saque, pero luego vió la felicidad de ella ante la noticia. También podía escaparse pero, ¿qué iba a hacer? No tenía a donde ir, no tenía a quien recurrir y la única persona que cada tanto le tiraba un trabajito vivía a una cuadra de su casa.
Entró en pánico sin saber que hacer. Su mejor amigo, o algo así, le recomendó que largara todo. Andate, le decía, ¿qué vas a hacer con un hijo? Tenés que mantenerla y mantener al pibe. No es joda, eh! Apenas podes mantenerte vivo vos. O decile que se vaya, que se busque algún macho que la mantenga. Eso es lo mejor para ella y su pibe. Su pibe. No era su pibe, era nuestro pibe. Pensó en las alternativas. Que se lo saque, dejarla, que se vaya, pegarle un poco para que lo pierda… pero no. Nada lo convencía. Además, a la piba la quería. Era la única que se reía con él, la única que lo hacía sentir alguien.
La llamó y le dijo que estaba todo bien, que estaba asustado pero que iba a hacer lo posible para que todo vaya bien. Y empezó a pensar que hacer con su vida. No podía mantener a tres personas con changas… aunque muchísima gente mantenga familias de siete u ocho hijos de esta manera. Él quería algo más. Y empezó a preguntar, quizás con un poco más de ahínco que antes, hasta que llegó una oportunidad. Buscaban personas sin experiencia para trabajar en una pequeña curtiembre. De movida no le interesó, pero luego le dijeron que pagaban bien y el sueldo era fijo. Sus ojos se le iluminaron: un sueldo fijo por mes. Eso era mucho más de lo que jamás hubiera imaginado.
Sus próximos cuarenta años se basaron en lo mismo: trabajar en la curtiembre. Empezó en la nada, sin saber siquiera que hacía una curtiembre. De entrada le dijeron que se trataba sólamente de sacarle la piel a los animales para hacer cueros, pero luego se dio cuenta que no era tan así. Poco a poco aprendió el trabajo. Se limpia la piel, se la curte, se la tiñe y luego se le realiza el acabado. Poco a poco fue comprendiendo como era el proceso y pudo llegar hasta ser jefe de sección. Un cargo bastante importante para una persona que no había terminado la secundaria y hasta los 27 años no sabía que hacer de su vida. Durante los cuarenta años que estuvo en la curtiembre, trabajó como nunca en su vida para poder mantener a su mujer y su hijo.
Hoy en día, ya jubilado, recuerda sus años oscuros y sus años grises y de las desiciones que tomó en su momento. Era extaño, la curtiembre había salvado su vida, pero ahora venía a cobrar su cuota: el cáncer. Años expuesto a los químicos tóxicos que se generan en las distintas etapas habían afectado su piel y sus pulmones deteriorándolos progresivamente. Había procesado pieles durante décadas y ahora su propia piel venía en busca de revancha. Una dermatitis aguda no tenía ya vuelta atrás.
Sólo en su habitación, miraba el piso en silencio. Su esposa, al igual que su madre en su momento, lo había dejado sólo en este mundo. Su hijo, ya mayor, tenía su propia vida y ayudaba como podía a su padre. Pero ahora estaba sólo, pensando. Miraba las pequeñas formaciones de polvo que se agrupaban en las grietas del piso, iluminado apenas por un débil sol que se asomaba entre oscuras nubes.
Silencio…
En su juventud no se preocupó de sí mismo, durante su etapa adulta sólo se preocupó de trabajar en la curtiembre para su hijo. Y ahora estaba ahí… sin nada que poder hacer, esperando. Cervezas, cueros, químicos, bares, cigarrillos, dinero, pañales… todo se mezclaba. Y esperaba…
Esperaba… En silencio… Esperaba…
Un día, casi sin quererlo, cerró los ojos… Por primera vez en su vida era libre…